Resultados del socialismo venezolano que alarman al México de López Obrador

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México no es Venezuela y Andrés Manuel López Obrador no es Hugo Chávez. Las diferencias son muchas y ya han sido bien explicadas.

Moisés Naím/ AL Navío

Pero eso no quiere decir que la experiencia venezolana de los últimos 20 años nada tenga que aportar a nuestra visión de cómo puede ser el México de López Obrador.

Quizás la lección más importante de lo que sucedió en Venezuela es que el continuismo es una amenaza mucho más peligrosa que el populismo. Lo que hundió a Venezuela no fueron las políticas populistas de Chávez y Nicolás Maduro, sino lo mucho que han durado. El Estado fallido que es incapaz de alimentar a su gente, darle medicinas, protegerla del crimen o cortar la inflación más alta del mundo es el resultado de haber tenido al mismo régimen, haciendo lo mismo, por 20 años. Cinco o seis años de malas políticas le hacen daño a cualquier país. Décadas de mal gobierno de una misma camarilla que detenta todo el poder lo destruyen.

¿Qué tiene que ver esto con México? Ojalá que nada. Desde 1933, el artículo 83 de la Constitución mexicana prohíbe la reelección del presidente. Hasta ahora, ningún mandatario ha logrado cambiar esta norma. No porque algunos no lo hayan intentado, sino porque esa misma Constitución impone requisitos muy exigentes para su reforma. Para cambiarla es necesario que dos terceras partes de la Cámara de diputados y otro tanto del Senado voten a favor, así como la mitad de las legislaturas locales. Ningún Gobierno mexicano ha tenido en las últimas décadas tal nivel de control político. Hasta ahora.

El triunfo electoral de López Obrador y las agrupaciones políticas que lo apoyaron fue tan enorme que su coalición sólo tendría que “voltear” a unos cuantos diputados y senadores para contar con los votos necesarios para cambiar la Constitución. Y ya tiene el control de la mayoría de las legislaturas locales.

Todo indica que, si el presidente López Obrador quiere, puede cambiar el artículo 83. De hacerlo, él no sería una excepción, sino que formaría parte en una larga lista de presidentes que cambian las reglas para alargar su estadía en el poder. Rusia, Bolivia, Turquía, China y Sudáfrica son ejemplos recientes de lo que, lamentablemente, es una tendencia global.

Los mandatarios que proponen un cambio constitucional suelen justificarlo como un requisito indispensable para enfrentar los males del país. La lucha contra la corrupción, la pobreza y la injusticia social se usan con frecuencia para explicar la necesidad de cambiar la Constitución.
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